06 julio, 2010

Los Tiempos III



Junto a una tiendita, custodiada por una solitaria anciana, soldado de terracota por el que ha pasado el tiempo invariablemente, custodiando sus verduras y sus frutas; un tesoro que, además de darle de comer, guardaba una explosión de colores de estas que acaban perdiéndose si uno las fotografía, de estas que sólo existen en la percepción primera, que le paralizan a uno los nervios y al intentar retratarlo ya se han ido, de verdes, de rojos, de naranjas y amarillos, que harían saltar en pedazos cualquier encuadre posible, y un olor que se mueve y que va de cebollas a fresas y que juega a mezclarse.
Anciana solitaria, custodio de su antiguo bien, que mira hacia delante, hacia ningún sitio, sin saber uno qué es lo que verá en esa roída vertical de tablones que se llena de anuncios, de carteles que te ofrecen fontaneros y niñeras y clases de inglés para los escolares, pero que uno sabe que algo ve, porque al mirarte a ti, que entras, sus ojos aún guardan un poco; unos ojos antiguos, ya grises, cansados de noches en vela, unos ojos húmedos de hijos perdidos, de soledad, de angustia porque el tiempo se va, y se va tan rápido que hay que ver cómo acojona, unos ojos que saben que su tiempo se acaba y que, ahora que tendría que aprovechar para hacerlo todo, sólo puede quedarse sentada en esa vieja silla, antiguo bien, custodiando sus verduras y sus frutas, y cambiándole a usted alguna por unos céntimos si es que le gustan, que están ya maduras y notará usted que son de excelente calidad, no lo dudo; con unos ojos, unos ojos y con una sonrisa que retiene años de esos que parece que fueron directamente en blanco y en negro, con pañuelos al cuello y el señor don Rodolfo vareando con la regla las palmas de las manos y los niños llorando y rezando y buenos días señor don Rodolfo y domingos de misa y carreras y juegos, que te toca ligártela, y de combas y juguetes fabricados con botes de leche en polvo y galletas, y que guarda a su amor, que se fue con sus hijos porque no aguantaba tenerlos tan lejos, tan allá, tan al otro lado; un amor entre notas de cuadernos cuadriculados, de no te dejaré nunca, estate tranquila, un amor que se fue y que se ha quedado grabado en sus ojos, que se fue de dolor, de fiebres y delirios sobre los niños que ya no aguantaba tenerlos tan lejos. Y entonces se levanta, despacio, que los años me pesan y mi espalda ya no es la de antes, apoyada en su viejo bastón de madera, y en sus pies que se calzan zapatos de andar por la casa, y se acerca a la fruta que ya es casi tuya y la envuelve con sus manos en papel amarillo, como antes, y una parte de lo que ella ha guardado paciente te la ofrece, tú le pagas, no creo que nadie pensara en no hacerlo, y sus manos se alargan a ti y algo dentro, algo antiguo, se mueve, y se ven en sus manos caminos que ella ya ha recorrido, las señales que el tiempo nos deja m..hijito, colores pardos y surcos, uno por cada cosa que se ha terminado por ir, que se me ha terminado, unos surcos de piedra, de tierra y madera, unos surcos de pueblo, de plaza y de ropa tendida, de limpiar, de cuidar de los suyos; y entonces te mira, sonríe y te coge el dinero y uno piensa que es la imagen más bella que ha visto en su vida, en esa pequeña tiendita, custodiada, protegida por aquella mirada, por aquella sonrisa, por la que ha pasado tanto tiempo, tanto y tan solo...que hay que ver cómo acojona.

Texto: Jesús Suárez González