06 agosto, 2010

Camaleones



La fidelidad no está en mi naturaleza. Tampoco en la de ella. Aprendimos a leer nuestros movimientos como si jugáramos un partido de ajedrez. Por el momento reposamos en tablas, pero sabemos que alguna vez, en un cambio de piezas mal calculado, uno de los dos tendrá que dejar caer a su rey, herido de muerte. Vivimos con el peligro inminente de la traición, de la puñalada artera que desate los gritos, los llantos, las valijas y el portazo. Sabemos los trucos y las estrategias, conocemos las miradas y los gestos, también los silencios y los impulsos, somos los detectives tras la cortina. Vivimos con hambre. Hambre de victoria, de conquista. Nada es más sincero en una pareja que el saberse verdugos, ambos. Cada mañana me despierto, la beso, la abrazo; cada vez ella me mira como si fuera la primera! , con la misma fascinación. Mientras me ato los cordones me divierto pensando en si ese será el día en que pise en falso, y sé muy bien que mientras deja correr el agua de la ducha evalúa las posibles evasivas a utilizar en el caso que la descubierta sea ella. Nos amamos profundamente, desesperadamente. Pero para nuestro arte esas profundidades son lejanas e inhóspitas, por lo que la mayoría del tiempo reptamos en la superficie. Somos hermosos. Los rayos de sol calientan la cama y rebotan en su espalda blanquecina. Somos malditos. Sus huesos se me clavan en la carne. Somos lo que nos convenga ser para seguir jugando a ser dos.

Texto: Maximiliano Provenzani