13 agosto, 2010

Depresión



El espacio se transformaba, se hacía grande por segundos, no lograba ver sus límites, y yo me convertía en un diminuto intento de supervivencia.
Conseguía poder distinguir que ese pensamiento no formaba parte de la realidad, pero no podía dominarlo, mi mente colaboraba construyendo un mundo sin límites, parecía tan cierto, y era tan ilógico.
Todo se hacía inmenso, era inalcanzable, me empequeñecía ante el enfrentamiento de mis miedos, mis fuerzas flaqueaban.
Con aislamiento intentaba retomar las riendas, pensaba solo en permitirme horas de descanso introvertido, seguro que las ganas volverían a mi cuerpo y resurgiría nuevamente esa necesidad humana de vivir.
Pero el fantasma de la desesperación llamaba a mi puerta con el hacha en la mano e invitándome a probar el filo de la muerte.
Dios!... Ese pensamiento suicidaba mi agonía, el camino se estrechaba y no encontraba otra salida para salvarme de mi mismo. Cuantas veces culminé lanzándome al vacío, clavándome el cuchillo de la derrota, colgando la soga de la liberación.
Una mano, una sustancia, un milagro ha formado parte de este abismo, y me ha ofrecido la llave de mi realidad.