13 agosto, 2010

El sordo



No había nada mejor que hacer en ese momento, así que F y yo fuimos a tomar unas cervezas. Llegamos al bar. Hacía mucho calor. Estábamos aturdidos así que tampoco la situación sugería mantener una conversación interesante o productiva. Comentábamos el tiempo y esas cosas. Banalidades. Pero la camarera si tenía ganas de hablar, así que inició y llevó el peso de una conversación. Entre tragos cortos de helada cerveza, nos hablaba de su hijo recién nacido, de su perro y lo feliz y contenta que estaba. A F no le interesaba la charla. Se hacía el interesante o el sordo mientras ella habla. Desvía la mirada hacia otro lado en señal de desinterés absoluto. Menosprecia a la camarera por el mero hecho de serlo. Es un imbécil y un presuntuoso que ha construido su imagen sobre una fachada de m! entira y egocentrismo. Un niñato de que desprecia sus orígenes, con un apellido sin linaje que actúa como si lo tuviera, creyéndose estar por encima del resto de la humanidad. A veces me resulta muy difícil soportarlo.
La conversación se alarga y él sigue a lo suyo: fumando, distraído. La situación comienza a incomodarme. Me levanto del taburete y saco mi cartera. Pago, nos despedimos y salimos del bar. De camino al trabajo F me comenta:
-Joder, como habla esta tía, que pesada es.
Lo miro a la cara y sonrío cínicamente. Ahora soy yo el que se hace el sordo.