29 agosto, 2010

Mamotreto



Hubo pétalos y hubo fiebre. Los pliegues de las sábanas marcadas por todo el cuerpo como varices y el estruendo de la persiana que se levanta para que entren las cinco de la tarde por la ventana. La boca pastosa y los vahos del almuerzo. Siempre igual, todo igual, como una lección aprendida y repetida como un loro, de lunes a viernes, incluso algún sábado también, por qué no, si los sábados son iguales a todos los días. Hubo nubes, sí.
Me despierto y estoy solo, y aunque ya estoy viejo, desde México un real visceralista que no existe ni existirá me lanza las esquirlas de sus versos envenenados, desesperados; quise a todas las que me quisieron, dice, y a las que no, las amé hasta la locura. En el humo negro de mis suspiros dibujo sus caras y sus siluetas; a todas las quise y a todas las engañé, digo, y es un recuerdo amargo y es un dolor profundo, es una lluvia de aceite hirviendo que me separa la piel de la carne y la carne de los huesos, y soy tan sólo un muñeco, un mamotreto tuerto sin lengua para lamerse. Hubo heridas, pero ahora hay siestas. Eternas, festivas, irreemplazables. A las hermosas, a las divinas, a las odiosas, a las terribles, a todas las llevo encima, y son llagas en mi boca nutriéndose de saliva y sal. Me robé todos los besos que pude, y aunque hubiera preferido algunos más, hoy me doy por satisfecho. Pero es mentira, porque mentí. Y habrá desierto, y habrá alacrán.
Texto: Maximiliano Provenzani