03 septiembre, 2010

Como una sombra


Fue una manera elegante de acercarse, siempre elogiando mi estilo y mi forma de ser. A todos nos gusta que nos halaguen.
Ambas queríamos mostrarnos amables, sentir que el conocimiento pasaba a la amistad de una forma razonable y lógica.
La primera vez que observé que llevaba una ropa similar a la mía pensé: ¡Qué simpática!, forma sutil de demostrarme su cariño.
Posteriormente no fueron sólo vestidos que coincidían por casualidad o porque frecuentáramos tiendas comunes, aparecía ante mis ojos con peinados y movimientos clónicos que me provocaban pequeños escalofríos en su presencia.
Cuando me inundaba un sentimiento de angustia por la sensación de persecución, sacudía la cabeza como un perro quitándose el agua, para que esa idea saltara y no mojara mis incrédulas neuronas.
Pero aquella chica simpática que tenía interés en conocer, se estaba convirtiendo en una pesadilla reiterativa, me estaba plagiando, estaba suplantando mi personalidad.
Conquistó a mi hermano para introducirse en la familia y poder recorrer mi casa con total libertad.
Empecé a echar de menos objetos personales, notaba su olor entre mi ropa, su presencia en la penumbra, su obsesión en mi existencia.
Consiguió meterme tanto miedo en el cuerpo que hasta dudaba de mí.
Disimulaba ante los demás con tanta maestría, sus recursos escénicos eran tan escrupulosamente perfectos, que logró acorralarme en la soledad. Se convirtió en mi sombra.