03 septiembre, 2010

Recuerdo



Había mucho revuelo, mucha gente en mi casa. Trajines de calderos hirviendo, loza rescatada de las alacenas, rodar de muebles, hablar susurrante.
La habitación principal estaba desconocida. Los muebles habían desaparecido y su lugar lo ocupaban sillas pegadas a la pared, para que no se perdiera detalle. Olía a cera y a vapores de flores recién cortadas. Se oía el murmullo de frases repetidas de memoria. La ropa oscura. La abuela también estaba, pero no en la cama donde yo le daba los buenos días, sino embutida entre tablones negros. Blanca la cara, blanca la ropa, quieta, muy quieta. Callada. Era una foto sepia en blanco y negro con los bordes de encaje.
Rosa me acercó a la cara de cartón, era como de mentira, o de juguete, para que le diera un beso, un beso frío que se me grabó en la mejilla, público. Me confundí, aquello no podía ser la abuela, aunque lo pareciera, pero tampoco era de jugar porque la gente me dirigía miradas pesadas, oscuras como sus ropas, como escondidas, como de mentira también. No podía ser la abuela, la abuela era cálida, y no me besó.
Me tranquilizó ver a mi madre en la puerta, estaba asustada de la gente con caras de niebla, de la negrura desconocida que se pegaba a los muebles, a los cuerpos, que apelmazaba el aire y a la que quería lejos. Aunque no llevaba los colores bonitos que le gustaba lucir en verano, sí tenía roja la cara y los ojos del color de las llamas cuando miró a Rosa, me arrancó de sus brazos y me sacó de allí gritándole bajito.
Texto Ángeles Jiménez