07 septiembre, 2010

El elixir de la eterna juventud



Todos los días realizaba el mismo ritual, utilizaba un potente exfoliante para que las células muertas abandonaran su piel. Nunca dejaría de ser joven, no permitía la palabra vejez en su cuerpo perfecto.
Se envolvía con la mejor crema, relucía brillante, se paraba en las pequeñas arrugas que empezaban a asomar e insistía en alisar, planchando una y otra vez, con movimientos circulares la zona, dejándola encarnada y dolorida pero, tersa.
A los pies le dedicaba un tiempo extralargo. Limaba meticulosamente el talón, rodeaba cada dedo con una torunda de algodón, pulía y pintaba las uñas para que estuvieran impolutas.
La obra maestra que realizaba permitía que se convirtieran en el arma fetichista para las conquistas diarias. Elegía las sandalias adecuadas en combinación con el vestido, siempre adornadas e inmaculadas para que sus pies lucieran y brillaran en la oscuridad de la noche.
Era la carnada perfecta, pocos se resistían al anzuelo, todas las noches su pieza caía retozando alrededor de sus pies.
Los exprimía, los dejaba secos. Imprescindible conseguir la cantidad suficiente para que pudiera cubrir todo su cuerpo. El elixir de la eterna juventud, la leche que le aseguraba la tersura y el aspecto deseado.
Solo interesaba el semen, nada más. No daba ni una seña de identidad, no dejaba ni una sola pista. Exprimía hasta conseguir la última gota y luego tiraba el envase sin el más mínimo pudor.
Estaba convencida que las células vivas y móviles sustituirían a las degeneradas y fallecidas de su piel. No había duda, nunca desaparecería, nunca envejecería, sería eterna en su belleza.