08 septiembre, 2010

Oscar, que siempre me gana




Chorrea a montones la crema pastelera de unas facturas que trajo Oscar para pasar la tarde del domingo. Mientras las miro reventar de colesterol pienso en los análisis que debería haberme hecho hace tres o cuatro meses. Qué querremos decir cuando hablamos de cuidarnos, de cuidarse, de tener cuidado. La maldad se posa sobre todas las cosas, y cada vez es más difícil amar a Dios. Pido disculpas por usar justo este día para semejante comentario pagano, pero me parece que la estrategia de alojarse en lo espiritual por sobre lo material y de ahí querer conquistar la voluntad o la fe de los hombres, fue un error.
Las tardes con Oscar duran un buen rato. Y siempre son una gran oportunidad para mezclarlo todo. Empezamos con lo dulce y después pasamos a lo amargo. Vamos de los diarios a los libros, y de los discos de los setenta a las FM de moda. Miramos fotos viejas y nos sacamos otras nuevas, donde siempre aparecemos mirando las fotos viejas. Nos divierte jugar con cualquier posibilidad. Escribimos cosas sueltas en papeles de almacén, y seguimos soñando con hacer una película sobre lo trágica que puede se la vida los domingos.
No me gusta ni el momento antes de que Oscar llegue, ni el momento antes de que Oscar se vaya. Me levanto todos los domingos pensando: mejor que no venga hoy, yo tengo muchas cosas que hacer. Pero después de un rato de verlo ahí sentado en la cocina, con la luz del sol poniéndole naranja la mirada, ya entro a pensar mejor no se vaya nunca. Juntos nos divertimos con cosas que por separado nos parecerían un perfecto aburrimiento. De todos los pasatiempos que inventamos, hay una competencia que es nuestra favorita: jugar a ver quien escucha el sonido más lejano.
Oscar siempre gana. En todo. Gana porque decide cuando llegar y cuando irse. Gana porque no le importa que ropa me pongo. Gana porque le da lo mismo si la luz está cortada y hay que subir por escaleras. Gana porque vive tranquilo. Y aunque como yo, sabe que un día se va a morir, gana porque está seguro que eso nunca va a suceder un domingo. En cambio yo, para ganar tengo que animarme a pedirle que se quede. Y eso es terrible, porque nada se parece más a una tarde de domingo que la falta de fuerzas para pedirle que se quede.
Es como cavar en la angustia para enterrar la angustia.

Texto: Diego Martín Díaz