19 marzo, 2012

Abono para las rosas


Mi abuelo, Justiniano Bonifacio Camino Asegurado, hombre sumamente culto y leído, amante de la cultura griega, luchó lo indecible para que le admitieran los nombres propios elegidos para sus mellizas; primero contra su esposa, mi abuela María de las Angustias del Arrollo Pulido que se oponía con fiereza a tal desatino; ¡¡bastante tenían sus hijas, con cargar con sus apellidos: “Camino del Arrollo”!! Luego, combatió la oposición de las autoridades eclesiásticas, que pusieron como condición, anteponerles a ambas el nombre de María; esto tranquilizó a mi abuela. Las niñas se llamaron María Temis y María Némesis. Pero mi abuelo, Justiniano Bonifacio, gritaba con dos pares de narices, a todo pulmón, llamando a sus niñas:
-Teeeemis - Néeeemesis-
Curiosamente, desde bebés, atendieron solo a estos nombres.
Recibieron una esmerada educación bajo la tutela de su padre; pero lo que nadie podía presagiar era, hasta que punto, los nombres de estas diosas griegas de la justicia y la venganza determinarían sus vidas
Poseían gran inteligencia y un fino sentido del humor. La botánica no tenía

secretos para ellas; elaboran todo tipo de preparados con hierbas naturales, (que cultivaban en un pequeño huerto) y una pizca de productos químicos, suministrados por su amigo Rigoberto, el boticario del pueblo.
Dedicaban horas al cuidado sus rosas, famosas por su peculiar color rojo brillante debido- decían- a un componente secreto del abono.
Justiniano Bonifacio, nunca imaginó, que sus niñas, aplicarían la justicia “con un par de narices”, sin temblarles el pulso.
Desde hacía algún tiempo, venían desapareciendo, como por encanto, algunos maridos infieles de la comarca; por cada hombre desaparecido; en el jardín de mis tías, aparecía un nuevo rosal. Cuando quise preguntarles, era demasiado tarde; aquél terrible día, mis tías fueron sorprendidas por la señora de la guadaña; allí quedaron, sentadas en sendos sillones, como si fueran cada una, el espejo de la otra, las cabezas ladeadas, las piernas extendidas, las manos abandonadas a su suerte, y las tazas de té derramadas sobre la alfombra…
“Muertes sincronizadas”, dictaminó el forense, quedándose tan ancho.
La policía encontró un diario escrito a dos manos. Contaban los hechos, con un par de narices:
Acreditamos nuestra inocencia, fueron ellos los que ingirieron de golpe el “elixir de la potencia” buscando aumentar su efecto y sabemos que: “La diferencia entre medicina y veneno está en la dosis”.
Han sido malos, sin embargo, son buenos como abono para las rosas.



Texto: María Isabel Machín García
Narración: La Voz Silenciosa
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