12 marzo, 2012

Cinco horas con Mario

Hoy se cumplen dos años del fallecimiento de Miguel Delibes, uno de los grandes escritores españoles del siglo XX y también uno de los más queridos por mí.  Sirva esta entrada como homenaje.

Solemos referirnos a Miguel Delibes como el autor que mejor ha retratado el mundo rural de Castilla la Vieja o el lenguaje de sus moradores; nunca se menciona la riqueza formal de sus obras. Un ejemplo brillante es Cinco horas con Mario, que releí hace pocos meses con motivo de la representación teatral, con Natalia Millán en el papel de Carmen. No exagero si digo que la (re)lectura de esta obra fue todo un descubrimiento .

La obra está dividida en tres partes. La primera es todo un golpe de efecto. Delibes deja de lado los métodos convencionales para introducirnos en la historia y lo hace con maestría y originalidad: la esquela de Mario. ¿Acaso no es así como nos enteramos de la muerte de muchas personas?

La segunda parte está escrita como si el autor hubiera pensado desde el principio en que fuera a ser representada. Es como si contuviera las acotaciones necesarias para la actuación de los personajes y el montaje de la escena. Aún más, quienes están presentes en el velatorio no están elegidos al azar sino que tienen papel importante en la vida del matrimonio, tal como veremos luego.

Hay aquí un elemento que entonces me pareció divertido. Mario, el hijo mayor, pregunta
quien ha dado la vuelta a los libros y cuando su madre le responde que había sido ella –hasta ese extremo lleva las convenciones del luto- él dice que los libros son él, Mario. Una de las amigas coge uno de esos libros, la Biblia y lo abre, viendo que hay párrafos subrayados. De nuevo, Carmen les dice que durante la noche irá leyendo esos párrafos y así estará con él.

Momento de la presentación
La tercera parte se corresponde con las cinco horas que Carmen pasa a solas con Mario. Serán precisamente los párrafos subrayados los que irán introduciendo cada uno de los temas sobre los que Carmen irá hablando y reprochándo a Mario. A lo largo de esa conversación de cinco horas iremos conociendo no solo a Carmen sino al propio Mario y a sus respectivas familias. También iremos viendo de qué forma, los asistentes al velatorio estuvieron implicados en su relación.

Hay otro artificio literario al que recurre Delibes durante el monólogo y lo hace con gran maestría: la repetición. A lo largo del texto, va repitiendo determinadas ideas: el regalo del cordero, la denuncia al policía, la vivienda que no les conceden, … pero cada repetición supone en realidad una ampliación de la información hasta que poco a poco vamos sabiendo toda la verdad. Mecanismo este que utiliza además para hacer una crítica acerada, mordaz y muy sutil de la sociedad y la política de esa época. Repetición que servirá también para que Carmen haga al final un descubrimiento sobre si misma que tambaleará su mundo.

Una vez terminado el libro te das cuenta (o a mi me lo pareció) de que esos libros vueltos al revés son la metáfora del matrimonio de Carmen y Mario. Dos personas que vivían de espaldas al uno al otro, que compartían cama y casa pero nada más. El recuerdo que tenía de mi primera lectura era que Carmen era una mezquina, llena de prejuicios y Mario “un santo varón”. Ahora, mi impresión es muy otra y pienso que Mario era un egoísta que no se preocupaba en absoluto de su mujer y Carmen una víctima –o al menos, un reflejo- de una determinada e incorrecta educación. Algo que creo que también Delibes quería criticar.

Leer esta obra fue un auténtico deslumbramiento y me confirmó lo que ya sabía, que Miguel Delibes es uno de los grandes autores de la literatura española del siglo XX (o de todos los tiempos) y me enseñó que sus novelas además de un lenguaje preciso y certero, esconden una trabajada y compleja estructura, tan bien ejecutada que no se aprecia a simple vista. ¡La engañosa sencillez de los grandes artistas!

Estos fueron mis pensamientos durante la lectura y la visión de la obra de teatro.