24 marzo, 2012

Cuaderno de Campo


Wittville está detrás de unas montañas que no aparecen en los mapas.
Sus habitantes sufren una ceguera congénita muy rara propiciada por el aislamiento y —según he podido averiguar— por su propio empeño. Además han desarrollado una extraña habilidad para el silencio. Toda la vida transcurre amortiguada, atemperada por la costumbre de hablar mediante signos, cubrir con tela las patas de los muebles, sacar a las afueras del pueblo los gremios más ruidosos y soñar entre algodones. Sólo a los niños se les permite el exceso de la risa— aunque de forma medianamente escandalosa— en un alarde de cariño por las nuevas generaciones. Aunque de todas formas, ellos corren menos peligro.
Esa carencia de visión, y oído, hace que utilicen en exclusiva su olfato para vivir. Generación tras generación, la selección natural ha hecho individuos con las narices más grandes, mejor dotadas, más olisqueadoras. Los vecinos lucen enormes trompas en rostros pequeños, de ojos fijos y orejas diminutas. Son monstruos deformes, con el cuello largo de husmear el aire. Monstruos asombrosamente arrugados y

longevos.
También es curiosa, en Wittville, una tradición milenaria —que me pareció horrible al principio— de sacrificio de animales. Dos domingos al mes, matan gallinas, algún gato, un caballo lesionado, una vaca vieja —nunca sus queridos perritos mudos— y dejan sus cuerpos agonizantes en los cuatro puntos cardinales del pueblo. Para que se sequen al sol. Cuando el fuerte olor se va diluyendo, organizan otra matanza.
La Muerte, en sus cíclicas visitas a la aldea, llega —casi nadie sabe que también es ciega—, y no oye nada. Sólo el canto de pájaros y el ulular del viento. Entonces guía su guadaña hacia los animales, atraída por el tufo irresistible de la sangre, la pestilencia de la agonía y el olor a podredumbre. Acabada su misión, se marcha engañada pero satisfecha, cargada de almas equivocadas. Pero al fin y al cabo, almas.
Wittville ha descubierto cómo engañar a La Muerte.
Con el tiempo, yo me he convertido en un lugareño más, acogido en su hospitalaria comunidad. Generosamente, me han regalado el secreto de la inmortalidad.
También, mis ojos metidos en un bote cristal de los de hacer mermelada.

Texto: Mar Horno García.
Narración: La Voz Silenciosa
Más relatos "Con un par de narices", aquí