21 marzo, 2012

Por ella


El sopor de la anestesia se iba evaporando poco a poco, haciendo indistinguible realidad y ficción.
Abría un segundo los ojos y percibía la cegadora blancura del hospital; los cerraba y la veía a ella sonriendo frente a su rostro.
Abría diez segundos los ojos y veía la cortina echada que le separaba de su compañero de habitación; los cerraba y se veía besándola en el cuello, deleitado con la fragancia que emanaba de su piel.
Abría un minuto los ojos y la neblina onírica se iba destejiendo, distinguiendo a tres personas a su lado con bata blanca; los cerró de nuevo y se vio abrazado a ella, desnudo, recibiendo los vahos de su cuerpo desnudo, sintiendo ese efluvio que lo embriagaba y lo extasiaba.
Los tres minutos siguientes trataba impotente de entender lo que le intentaban decir las tres figuran embatadas con cara de preocupación, cuyos sonidos le llegaban sordos, acolchados, enmarcados con caras de preocupación; prefirió cerrarlos una vez más y dejarse llevar hasta ella, hasta su aroma, esta vez flotando en el aire, girando lentamente en la oscuridad, donde

su perfume lo invadía todo, esa mezcla divina de sudor, fragancia, sexo que creaban el olor perfecto.
Una sacudida lo devolvió de nuevo a la realidad, donde esta vez sí entendía la preocupación de los médicos por el resultado de la operación, mostrando interés por su estado tras la cirugía.
¿La cirugía? Ah, sí, la cirugía…
Una sonrisa cruzó ladeada su cara mientras hacía aumentar la inquietud de sus níveos acompañantes.
Todavía recordaba la cara de ella cuando le comunicó su decisión, la cara del doctor cuando le hizo su propuesta.
Cerró los ojos una vez más sintiendo que el efecto de la anestesia abandonaba ya su cuerpo, queriendo disfrutar una vez más de esa sensación de ausencia e ingravidez. Esta vez la oscuridad lo invadía todo y sólo la notaba a su lado, su piel suave, sus pechos turgentes bajos sus manos, y sobre todo ese olor inolvidable que lo narcotizaba y lo enganchaba. Necesitaba sus dosis en mayor cantidad ya que le sabía a poco lo que aspiraba.
Abrió definitivamente los ojos viendo en el doctor la misma cara atónita que cuando le dijo:
- Doctor, implánteme otra nariz.

Texto: Ismael Pantoja Manzano
Narración: La Voz Silenciosa
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