15 julio, 2012

Tiempos felices


Vestido de marinero, así me veo hoy que la memoria, quiere llenar mis horas de insomnio recordándome que un día fui feliz. Tenía ocho años y mi madre había vuelto a dejarme en casa de mis abuelos, convencida de que esta vez mi padre no mentía y por fin iban a casarse. Recuerdo el gesto de desaprobación de mi abuela al verme en la puerta. Con los años comprendí que era la inocencia de mi madre lo único que le molestó de aquella visita.
El bloque en que vivían tenía grandes alicientes para mí. La portera, una mujer extrañamente masculina a mis ojos infantiles, que gozaba del respeto de los vecinos por los artículos que publicaba en un conocido periódico. Ella siempre me ofrecía caramelos de violeta. Pero sobre todo, estaba Nuria, una pelirroja de mi edad que tenía un perro enorme, un dogo, y un montón de pecas en la cara.
Ya casi era de noche cuando el abuelo me pidió que le acompañara a comprar pan para la cena. En la escalera nos encontramos con Nuria; el abuelo consiguió sonrojarme al pedirle que me invitara a jugar a su casa, a ella le hizo gracia mi azoramiento y siguió riéndose escaleras arriba. Al comienzo del segundo plato, llamaron al timbre. La solicitud de mi abuelo había sido atendida; después de cenar tenía que subir a casa de Nuria. Ayudé a recoger y subí lo antes que pude.
Ella apagó la luz en cuanto entré en su alcoba, me cogió de la mano y juntos nos acercamos a la ventana; allí, sobre la repisa del radiador, los prismáticos de su padre iban a permitirnos entrar en la vida amorosa de la pareja que vivía al otro lado del patio de vecinos. Me sentí incómodo, pero no dije nada. Me limité a hacer que miraba y a repetir las exclamaciones que ella había hecho en su turno. Se cansó pronto, entonces me propuso jugar a los secretos. Ella comenzó:
—He pillado a mi madre besándose con la vecina del primero, —exclamó buscando ruborizarme.
—Mis padres no están casados, —musité yo.
—En el ático vive un fantasma, — apostilló ella.
Le dije que no me lo creía, ella me propuso subir a comprobarlo.
En el rellano del quinto algo crujió bajo mis pies. Era una de las decenas de cucarachas muertas que yacían junto al cadáver de un ratón; nadie vivía en esa planta desde hacía meses y la portera prefería escribir a limpiar lo que nadie usaba.
Habíamos llegado, abrió la puerta con una llave que sacó del bolsillo y entramos. Nuria encendió una linterna. Estaba tan muerto de miedo que vi tres fantasmas. Tres fantasmas volando. Salí a la carrera, arrollando en mi huída a los vecinos del cuarto, un par de ludópatas a los que mi abuela no me dejaba acercarme.
Así empezó todo.
Hace tres meses llegaron su cáncer, el insomnio, la desesperanza. Ayer la soledad. Hoy solo quiero recordar tiempos felices.
Texto: Paloma Hidalgo Díez.

Narración: La Voz Silenciosa
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