23 diciembre, 2012

A mi madre muerta


A menudo, acaricio el recuerdo azul de los ojos de mi madre, el tacto de una piel suave y blanca envolviendo un cuerpo frágil y enérgico a la vez, sus cabellos rubios y una sonrisa socarrona de mujer curtida a golpe de desilusión.

—Estoy soltera y sin compromiso, no tengo marido ni tampoco hijos…
—¿No te acuerdas mamá? Tienes dos hijos y cuatro nietos.

Era tan ingenua su mirada que, me irritaba sentirla tan perdida, buceando en el océano de la sinrazón dónde la memoria era la gran ausente. Me dolía contemplar como su destino se perfilaba en la malicia de la enfermedad.

—Tengo que irme a casa, aquí no hago nada y quizá tenga familia…
—Mañana mamá, mañana.
Poco sabíamos la una de la otra a pesar de haber compartido mucho, vivimos y sufrimos siendo dos desconocidas bordeando una existencia ruin y cotidiana. De niña, me escribía cartas al colegio con la dirección puesta en el remite, la hermana Rosa, tardaba siglos en dármelas. Eran cartas de ánimo, hablaban de valentía y fortaleza. Tesoros que no conservé.

—¡No tengo hambre! ¿Es hora de irse a la cama? ¡Estoy en ayunas!

El quebranto es evidente, los dolores asoman sin piedad por cada ventana de su cara, su vida es un corto pasillo que la conduce a una muerte triste, sin recuerdos.

—Este reloj me lo regaló mi padre, me dijo que sabría guardarlo…
—Claro mamá, es un reloj precioso, te lo compramos por tu cumpleaños.
Al poco, el otoño se la llevó y se consumió su sonrisa. Sus ojos no se cerraron nunca

Texto: Mercedes Solsona

Narración: La Voz Silenciosa