23 abril, 2013

Literatura ¿comunicar o sugerir?

¿Es mejor sugerir?
Escribo en la jornada en que la palabra en español adquiere su más alta dimensión, hoy veintitrés de abril, Día del libro, fecha en que tradicionalmente se entrega el premio literario más importante de este país que comparte honores con el Príncipe de Asturias, el Miguel de Cervantes que en este año —como se sabe— recae en el poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald (Jérez de la Frontera, 1926).

Quienes cazcaleamos por las atracciones que nos regala este parque literario llamado La Esfera Cultural, estamos persuadidos de antemano de la importancia que tienen la literatura —en cualquier manifestación—, los libros —en papiro, papel o digital—, la actividad creativa que la rodea, la crítica… Por tanto me ahorro un inútil preámbulo.

¿Es la literatura comunicación?

A cuenta de una conversación vía mail, en estos días he vagabundeado por mi ciudad reflexionando sobre literatura. ¿Es la literatura comunicación? ¿Qué tipo de comunicación? ¿Cómo se establece ese canal entre el mensaje y su receptor? ¿Qué cuestiones influyen para que esta información sea fluida y no quede truncada? ¿Tiene que pensar el autor en el destinatario de su obra o, por el contrario, tiene que olvidarse de la existencia de los lectores, aunque sólo sea uno? … En fin un ramo de preguntas que crecería sin dificultad y cuyas respuestas darían para un espacio muchísimo mayor que el deseable en un post como éste. Por tanto procuraré centrarme en la primera cuestión.

Si existe emisor (el escritor, la escritora), mensaje (texto) y receptor (la lectora, el lector) necesariamente
hay comunicación. Sin embargo cualquiera entiende que una conversación entre dos individuos cumple los mismos requisitos, pero en tal caso no estamos ante algo literario.

Por tanto, para poder responder a la primera pregunta, quizá previamente hayamos de responder otra:
¿qué es literatura?
Sé que acabo de asomarme a un territorio fangoso y probablemente sin salida, y más en estos tiempos nuestros en que todo se engarza y las fronteras entre artes y otros modos de expresión se hacen porosas hasta desaparecer. Si antaño era fácil discernir y separar un género de otro, un arte de otro, hogaño —desde el segundo tercio del siglo XX con la irrupción de las llamadas vanguardias— esta distinción académica es inútil, una pérdida de tiempo, un espacio estéril. Más aún, a medida que la tecnología de cierta sofisticación está disponible para cualquier usuario, se tiende a plasmar una idea, una intuición, una inspiración con todas las armas a nuestro alcance. Este mismo blog es un ejemplo para demostrar lo que afirmo.

Sin embargo, creo que ahora no debo adentrarme por tal camino, porque todo se haría más complicado y la necesaria brevedad, no daría ni para empezar a plantear el asunto. Lleguemos a un acuerdo, aunque sea algo ficticio: la literatura, aceptando lo que la RAE dice en su primera acepción, es el arte que emplea como medio de expresión una lengua.

Si, como he afirmado, la literatura en su base es comunicación de ideas o sentimientos o experiencias o sueños o quejas…, puesto que hay un emisor, un mensaje y un receptor, y, por tanto, es análoga a una conversación de cafetería o a un SMS, ¿qué diferencia a la literatura de otra actividad humana que emplea como medio de expresión una lengua? O dicho de otro modo: ¿Cuándo la comunicación humana que emplea como medio de expresión una lengua adquiere la condición de literatura?

Por tanto, admitiendo que la raíz de lo literario respira comunicación —como en cualquier arte—, no sólo es comunicación, ni siquiera se puede afirmar que esa comunicación se produzca a través de los mismos resortes que la comunicación habitual y por tanto no afecta del mismo modo al individuo.

Por otra parte, como cualquier manifestación artística de cualquier tiempo, la literatura se nutre de tradición y de símbolos que corresponden al lector captar para interpretar con más hondura el mensaje que se transmite. Unos ejemplos básicos y manidos. Al usar la comparación entre río y vida, se dirige al lector —incluso inconscientemente— al poema de Jorge Manrique, donde se desarrolla esa idea que ya es paradigma para los lectores en español. Al decir que alguien es un Quijote, imaginamos a un idealista un poco loco. Si se dice que algo es dantesco, automáticamente pensamos en los peores males imaginables, pues Dante escribió con detalle del infierno y sus horrores en La divina comedia. Tan importantes son estos símbolos, que todos sabemos de lo que se habla, sin embargo ¿cuántos hemos leído a conciencia Las coplas, El Quijote, La divina comedia?

Se podría afirmar que desde siempre el escritor ha contado con la complicidad del lector para no decir cuanto podría haber dicho, para que el lector, de algún modo, participe del acto creativo.

En estos tiempos nuestros esto es más importante aún: las prisas por llegar a no sé sabe dónde para no sé sabe qué, obligan a la economía de medios. Los que se usen han de ser contundentes y sugestivos para que el lector capte con pocas pinceladas lo que el escritor pretende. El autor deberá conseguir que su texto active el cerebro del lector, para que éste complete la idea. (Obsérvese que no distingo prosa, poesía, ficción, realidad, novela, microrrelato, teatro…).

Esto, además, tiene una consecuencia directa: cada lector recrea un nuevo texto, por tanto, al final del proceso, existirán tantos textos como lectores haya tenido. Quizá con variantes mínimas o acaso con dispares interpretaciones. Esta es la enormidad de la literatura: un mismo texto puede significar cosas diversas siendo el mismo, el lector es quien multiplica las interpretaciones.

La literatura, en efecto, parte del incuestionable hecho de ser comunicación por contar con los elementos básicos que la definen; sin embargo no sólo es comunicación, sino que, por el contrario, con su capacidad para sugerir, actúa en el lector quien es al final el que culmina la obra. La literatura, como cualquier arte, nace del autor para conseguir que su destinatario no quede indiferente, para provocar en él una reacción que sugiera, si es posible, todo el arcoíris de los sentimientos humanos.

Artículo: Amando Carabias