20 octubre, 2013

Con la noche



No esperaba que el tiempo pasara tan rápido así: escondido en mi propia casa y sin que mis compañeros de piso notaran siquiera mi presencia repantingada tras la puerta de mi habitación.

Hacía poco que mi madre había muerto, dejándome huérfano con veinte años. Mi padre quería que fuese a quedarme a su casa durante las vacaciones. Pero pensé, para qué, si solo pone atención a lo que diga su novia. Aunque, tal vez, de haber acudido, le hubiese venido mejor a él. Las penas son menores si se comparten. Pero en aquel momento no quería, no. No me apetecía tampoco viajar. Y curiosamente aquí, en este piso antiguo, al calorcillo del verano y al cobijo de las risas de Loren traspasando mi puerta, es donde me sentía bien. Ella dormía en la habitación contigua a la mía, se había incorporado al piso ese mismo año y ya éramos cómplices elucubrando sobre nuestros otros dos compañeros; Alonso, un tiquismiquis para las normas de usar el baño; y, Joe, un financiero que mataba a riegos los geranios rojos del balcón… Pero mentí, les conté a los tres que me marchaba a pasar una

breve temporada al pueblo de mis ancestros. Y transcurrían los días, en los que supuestamente debería estar visitando la casa de mi padre, cuando me dio por pasar las noches en la azotea. Me llevaba una botella de vodka —provisión que no estaba nada mal para una juerga solitaria—, y luego montaba una colchoneta bajo el cielo estrellado.

Ya borracho creía escuchar la música puesta por Loren subiendo desde su ventana. Una melancólica “Wait” de M83 sonando una y otra vez en mi cabeza: “…Give your tears to the tide. No time. No time…”. Y vomité sobre la pared proyectando un mural psicodélicamente escurrido, como un vintage de los 70:

—¡¡MADRE!! —grité a las alturas.

Pero amanecer a ras del cielo no es nada bueno. La luz es cruel, te despierta quieras o no. Así que, desde muy temprano, esperaba en el rellano de la escalera a que el último saliese. Después me duchaba y deambulaba por la zona común: el salón, la terraza...

Loren había dejado olvidada la puerta abierta de su dormitorio. No soy de los que me dé por fisgonear lo ajeno, pero entré. Descubrí su cama deshecha, un suelo de esterilla fletado de libros y música, y, flotando, su olor irresistible. Entonces de golpe sonó la puerta de la entrada que alguien cerró. Debía correr, escabullirme, pero ya pillado y rendido decidí que mejor sería salir al encuentro de quien fuese.

Escuché la voz de Loren: —¿Michel, eres tú?

Me asomé a la cocina. Dije: —Hola.

Parecía que lo supiera todo. No me preguntaba por mi vuelta, ni cómo lo había pasado. Nada. Colocaba la compra y me miraba tranquila, con esa manera tan suya y, a la vez, tan familiar. Una mirada inyectada en verde, y ella aún más bella.

Texto: Dácil Martín

Narración: La Voz Silenciosa