19 octubre, 2013

El peso del vacío

Texto participante
fuera de concurso
El calor es juez de nuestra ropa en verano. Por eso Alicia eligió su vestido más fresco, un vestido color añil que siempre salía perdedor contra las partes de su cuerpo mostradas, un vestido en el que nadie se fijaría jamás porque los ojos de los hombres van siempre a parar allí donde deja de existir, en mitad de los muslos, para luego repasar su cuerpo pantorrilla abajo. Claro que Alicia no era consciente. Hacía algún tiempo que olvidó que fue deseada. "Ya no me siento bien aquí, contigo", dijo Umberto antes de cerrar la puerta para siempre llevándose sus cosas. De él sólo quedó un toque de perfume impregnando un cojín del sofá.

Alicia decidió irse de vacaciones sola, sus primeras vacaciones sin él en años. La maleta estaba cerrada en el centro de la habitación, tendría que llevarla hasta el coche, nadie la ayudaría. Intentó levantarla y pensó cómo podía pesar más el equipaje de una que el equipaje de dos, pero ese era un misterio cuya explicación no se encontraba dentro de lo racional ni en el contenido de la maleta, sino en "un algo" intangible que se encontraba más fuera que dentro y que era una mezcla de recuerdos, vacío y ganas de compartir. Sin embargo, convencida de que llevaba demasiadas cosas, la abrió. Contempló durante largo rato toda su ropa y se dio cuenta de que nada era suyo en su totalidad, todo tenía que ver con él, con los momentos que compartieron, con alguna risa o con algún llanto, con un roce o una mirada pícara hacia su escote. Pronto sus ojos se llenaron de lágrimas, llevó sus rodillas al suelo y clavó sus uñas en esas capas de piel en que se habían convertido sus ropas y las lanzó por detrás de los hombros mientras gritaba improperios como aullidos salvajes, hacia él, hacia ella, hacia ellos. Parecía una fiera devorando a su presa que era ella misma, que eran sus propios recuerdos. Al fin se quedó mirando el vacío que llenaba la maleta mientras jadeaba. La cerró lentamente; sólo se escuchó ese click tan categórico del cierre. Se levantó y se miró al espejo. Quedaba una última capa de piel, esa capa de color añil que se había puesto por la mañana. Alicia dejó que resbalara por sus brazos, que rozara sus pezones, sus caderas, sus muslos; que cayera hasta sus pies, como si esa fuera la última caricia que Umberto no le dio.

Con su maleta llena de vacío salió camino del aeropuerto, sin oír más que sus propios ruidos, sin reparar en cómo la gente la señalaba como un objeto extraño, como algo fuera de lugar dentro de aquel tropel de veraneantes con sus ropas a cuestas correteando por la terminal. Los de seguridad no necesitaron mucha destreza para inmovilizarla, apenas opuso resistencia.

Ahora Alicia deambula por el hospital llevando una bata prestada y poco sensual. No habla con nadie. Ni siquiera saben su nombre.

Texto: Miguel Ángel Brito