15 marzo, 2010

Tras la sonrisa (III)

Siempre coqueto y elegante, brillante y ocurrente, le gustaba vestir su alto cuerpo erguido y delgado, con vistosos trajes y coloreadas corbatas. Su repeinado pelo enlacado y teñido de rubio intenso, luchaba por esconder las pérdidas sufridas en tantas batallas.
La sirena del barco, con el pretexto de saludar al pasaje, trataba de despertarlos para convencerlos de que aquello no era un sueño. Una sonrisa se iba apropiando de aquellos tristes seres, a medida que entraban en las entrañas del barco de la felicidad. Eran como almas ligeras, que abandonaban sus cuerpos fatigados en el otro mundo.
Incluso a Isabel, sin darse cuenta, se le deslizó una sonrisa, que de golpe le quitó diez años. Nadie diría que acababa de jubilarse, ni que su difunto marido la dejó de acompañar a todos los lados el seis de enero de ese año,
como si se tratara de un regalo de mal gusto. Desde entonces, su dulce hija, Yeni, intentaba consolarla y distraerla todo lo que podía, sin lograrlo. Su vida siempre había girado en un círculo perfecto. En el seno de su republicana familia pequeñoburguesa, se forjó sus sólidos principios morales, culturales y políticos. Era como una escultura griega, en la que el orden, la proporción y la razón formaban un todo, y le daba a la vida un sentido de una cierta belleza graciosa y serena. Desde joven compartió con el que sería después su marido el gusto por la Historia y el Arte. Se conocieron en la Universidad, y en ella permanecieron después como profesores. Su vida era muy sencilla y familiar. Tras el nacimiento de Yeni se redujeron los encuentros con los amigos, que no eran muchos, y el hogar se inundó de horas de lecturas y música clásica, que después comentaban a lo largo de almuerzo o de la cena, entre las preguntas, cada vez más sofisticadas, de Yeni, a medida que iba creciendo, y las protestas de Lincoln, su perro.
La dulce Yeni era una especie de gracioso regalo en forma de juguete. Linda, educada y cariñosa, era la ilusión de la familia. Su éxito en el estudio enorgullecía a sus padres. Carlos tenía acostumbrado a sus compañeros, en especial Xavi, el más íntimo, a tener que soportar sus comentarios, respecto a lo inteligente y buena niña que era su hija, mientras los demás sonreían y se miraban entre sí. La admiración de Carlos era correspondida por Xavi. Siempre la ponía como ejemplo a seguir, frente a sus tres fracasados hijos, y cuando visitaba a su íntimo amigo siempre tenía unas palabras de adulación para la avergonzada hija perfecta.
La dulzura se volvía espesa y empalagosa, a medida que pasaba los años. Al cumplir los treintas, sus padres no recordaban la presencia de ningún hombre al lado de su hija, eso le daban cierta tranquilidad. Pero Yeni escondía algo tras su amable, tierna y tímida sonrisa. En los últimos años pasó de ser la pequeña mascota de sus padres a “Lazarillo” de su madre, a la que acompañó, durante la larga enfermedad de su padre, recorriendo juntas los hospitales de media España. Tan sólo el último verano, antes de morir su padre, estuvo fuera realizando un pequeño master de economía. Fue los meses más intensos y felices al lado de su amante y mejor amigo de su padre, Xavi. (CONTINUARÁ)
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