Mostrando entradas con la etiqueta Microrelatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microrelatos. Mostrar todas las entradas

19 abril, 2020

MicrosConfinamiento: día 19

¿Te animas a escribir una historia a partir de esta imagen?


Anímate a escribir un micorrelato—original, imprevista, de un solo tuit— a partir de esta imagen? Los mejores #microrrelatos formarán parte de un libro en papel al finalizar el #confinamiento
Puedes participar con tu microrrelato cada día.

Gracias a cuantas voces y escritores se están sumando a #MicrosConfinamiento. Una iniciativa que nace desde nuestra cuenta de Twitter, aquí.

Estamos tejiendo en "una distancia muy cercana" una comunidad que vive un hecho sin precedentes y que nos unirá para siempre en un libro en el que quedarán impregnadas nuestras reflexiones y lo que estamos sintiendo confinados.

Deja tu microrrelato en los comentarios. Máximo 280 caracteres. 

(*) Cada día una imagen. Más fotos aquí: MicrosConfinamiento

 

05 abril, 2016

¿Cómo se encuentra?

Estaba desangrándome, decapitado y con la tripas esparcidas sobre la acera y se me acercó un señor:
—¿Cómo está? —preguntó sin mucho interés.
—Bien —respondí.
—¿Seguro? —me miró con alguna duda. 
—Sí, muy bien. No se preocupe, no quiero ser una molestia.
—Entonces que tenga un buen día —se despidió y continuó su camino. 
Yo quedé allí desangrándome, decapitado y con la tripas cada vez más esparcidas, tratando de no molestar a nadie.


Texto: Francisco Concepción

23 febrero, 2015

Mensaje en mano

Colillas desbordando el cenicero, dos copas de vino derribadas sobre la alfombra del comedor, ropa interior jalonando el camino hasta la cabecera de la cama. El comisario Segura estudia el dormitorio frotándose el mentón. Parecen restos de un naufragio tras una noche de batalla naval. Se acuclilla observando los dos cadáveres bajo la sábana arrugada. No toca nada.

—El juez Barena —le anuncian.

Segura saluda lacónico:

—Marido despechado.

Barena le estrecha la mano. Aparentemente un gesto formal entre amigos cuyas mujeres, María y Elena, se conocen. El juez le retiene la mano, mirándole fíjamente a los ojos, advirtiendo:

—Prefiero la venganza fría — sin despegar la mirada del comisario señala con la barbilla a los amantes—, sin sangre. Lentamente.

El índice de Barea sobre el pecho del comisario marca un silencio violento que el juez rompe al alejarse:

—Me olvidaba… Saludos de Elena…

Segura se queda un instante con la mano bobamente extendida, rígida. Se le ha quedado helada. El flash del fotógrafo forense atrapa un tic nervioso sacudiendo el labio inferior del comisario y su mano escondiéndose en un bolsillo. Ahí, dentro de la gabardina, hecha un puño, late temblorosa como un segundo corazón desbocado.


Texto: Mikel Aboitiz

21 febrero, 2014

Coponieve

Nací una fría noche de invierno. Tez clara y pelo rojo fuego. De mi mano llegaron las nieves. Contaba mi madre que, siendo muy pequeño, anduve perdido en el transcurso de una monumental nevada. Organizaron interminables batidas y se peinó, palmo a palmo, cada rincón sin respiro. Días más tarde, cuando las esperanzas de hallarme con vida se desvanecían, regresé. Aparecí descalzo, dibujando un menudo rastro de pisadas blandas. Mis cabellos, hasta entonces como las brasas, se tiñeron canos. Nada pude explicar de lo acontecido porque, desde ese día, no volví a pronunciar palabra alguna… Ya no las necesitaba. Mamá murió sabiendo que algo mágico debió sucederme. Y no se equivocó…
Ahora formo parte de otra realidad y, a través de mis cristales de hielo, contemplo el mundo. Me divierte inventarme, cada vez, en formas diferentes, buscando la belleza y la armonía. Cuando las temperaturas lo permiten, me dejo caer con gusto sobre las ciudades y los campos, y pinto sonrisas albas en sus apagados grises.
Soy feliz sintiendo como propia la alegría, que se dibuja en el rostro de los niños, cuando aparezco por sorpresa, y disfruto –aún más si cabe– ante el gesto de fastidio de sus padres.

Texto: Towanda

07 enero, 2014

Unas horas al día


girasoles, Amsterdam
Girasoles (Autor: Miguel A. Brito)

Un enjambre de ojos recorren los adoquines donde se exhiben toda clase de alimentos, los peces brillan y parecen recostados, pero hace rato que han muerto. Las verduras son igual que los broches de las señoras en las solapas; unas esculpidas de hojas rizadas, otras de color rojo, de color amarillo. Aquella pieza de carne roja cuelga desde hace unas horas y las manos se agitan una detrás de la otra, aguardando en la fila y aquella mujer ríe contenta porque la primera cuchillada hendida en la pieza, fileteará dos o tres cuartos, los primeros, para ella. También hay flores que parecen princesas vestidas con sus mejores galas; ocupan todo el frente en la larga pared. Pero no todo son sonrisas, esa mujer, tiene fruncido el ceño y una fina línea dibuja su boca, se curva, y sus pasos son lentos, tiene rabia en su interior, es la rabia de todos los años vividos, de callar por vergüenza o prejuicio. Un pequeño tiovivo da vueltas y las imágenes parecen moverse alrededor de él; gira el puesto de castañas y aplauden arropadas en varias filas; giran los cuatro bancos de tablillas donde reposan los señores curioseando la prensa; giran todos los girasoles, todas las lilas, los gladiolos. Hay una fuente y alrededor un lago de cristal donde se sumergen los meteoritos de lluvia salpicando los zapatos que dan pasos apresurados, como si un gran reloj de arena marcara el tiempo y al caer toda la arena, aquellos pasos se detuvieran y se convirtieran en zapatos de sal. El tranvía corroe las vías, pisotea fuerte y dentro hay rostros preocupados que miran el reloj una y otra vez; hay rostros jóvenes con los ojos brillantes; hay cabezas que descansan sobre el cristal, esas no miran el reloj. Los algodones de nubes juguetean y los rayos del sol se cuelan entre ellas y parece que se dan la mano. Las voces se callan, los adoquines descansan, la fuente cesa y el tiovivo espera un nuevo día para hacer girar cada rincón.

Texto: María Estévez

12 diciembre, 2013

Laberinto


Me perdí en el mismo laberinto que tú, donde las palabras suenan desgarradas, donde los sueños colman versos, donde la pluma roza la luna en nuestras noches en vela. Un lugar repleto de frases enrevesadas fieles a nuestro destino.
Buscando una salida topé con la puerta de las causas perdidas y me senté en el mismo umbral donde los silencios hacen dudar. "no soy de aquí ni de ningún lugar, sino de donde fui, de allí donde el aire da la vuelta y realza las mejillas sonrosadas".
Atrapado en el tiempo me he quedado a solas con mi destino sí, con mi destino. He creído que el viento susurra mi nombre y de flor en flor flotando como una burbuja lo asumo sí, mi destino. Perdido en esos cuentos que llevan mi nombre, perdidas del reloj todas las agujas. Trazo sentimientos convertidos en palabras, situaciones de (des) ánimo incomprendido. Abro los ojos.
Y al despertar agonizo y recuerdo esa (tu) dulce voz susurrando mi nombre. ¡Buff! ¡Qué miedo me da el despertar de los sueños! Me transporta sin quererlo a la realidad carente de sentido que vivimos hoy en día. ¿Te parece?

Texto: Gustavo García Pradillo

26 noviembre, 2013

Y siguió su curso

El violento la utilizó como proyectil. El emprendedor construyó con ella. El campesino cansado la utilizó como asiento. Para los niños fue como un juguete. David mató a Golliat y algún hombre tropezó tres veces en ella.

Texto: Nuria de Espinosa

09 septiembre, 2013

La casa de los muertos



Los veía cuando soñaba, no los veía de día, de día solo los imaginaba, o mejor dicho, los recordaba. No es que intentara recordarlos de manera premeditada, es que los olores, las formas, los colores, el sitio en sí, los mantenía presentes en esta vida, de la misma manera que la muerte los mantenía ausentes. No sentía miedo alguno, no se teme a los fantasmas de aquellos que te amaron y amaste hace tiempo.
La casa no era un cementerio, no guardaba ningún escabroso misterio. La casa era simplemente el lugar donde ellos, todos, habían vivido hacía ya tiempo, y en la que ahora solo vivía ella.


El hecho de ser la única viva, no la hacía feliz, de hecho la hacía sentirse triste y sola, vivía esperando irse allá ella también, con más ganas de estar allí que aquí. Mientras, mantenía el orden en la casa, repasaba que todo estuviera bien: el polvo fuera de los recodos, los marcos con las fotos bien puestos, los cuadros que había pintado el abuelo, las sábanas que

02 septiembre, 2013

Organización Clandestina LTQL



A las trece y trece del día trece, como cada mes, alguien le informó en el lugar habitual. Tras nombrar una calle, dijo,‘quince con cero cuatro’. Resopló, mas no había otro remedio, si lo quería. En el número quince de tal calle a las cuatro de la madrugada. Para no levantar sospechas, el plan parecía infalible de tan simple: alguien pasa junto a otro y, sin detenerse, dice un nombre y un número con dos decimales. Ni una repetición ni una parada, como un vuelo veloz de golondrina. Pero la pasma siempre detenía a alguien. ¿Inexplicable? ¿Soplones…?
Noche nubosa, luna nueva: para la policía será imposible seguir sus movimientos y encontrar el portal donde espera el alijo, aquella mercancía perseguida por las fuerzas del orden que, sin piedad, diezman a los consumidores.
Lleva una bolsa de deporte, donde podrá guardar sus dosis mínimas cotidianas. Ya en el número quince, el corazón se acelera. Aunque este traqueteo anímico no sólo es por alcanzar lo que ansía. Tiene miedo. Ha escuchado pisadas a su espalada. Y más que su siseo sobre el suelo, le asusta su sigilo, el esfuerzo por pasar inadvertido de quien camina tras él…
—¡Policía! ¡Las manos contra la pared!
Algún día debía sucederle. Un intercambio al mes es excesivo. Ante la sorprendida mirada del agente, quien cumple con la estricta orden de eliminar a cada integrante del grupo, para evitar contagios al resto de ciudadanos, centenares de libros de poesía, razón de la existencia y de las peligrosas actividades de la organización clandestina, Libre te quiero libre.

Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa

24 junio, 2013

Tintineos

Aquella bandeja de borde dorado y con enormes flores de colores que invitaban a la esperanza viajaba diariamente, y muchas veces, por el iluminado pasillo que unía la cocina con la estancia donde se albergaba y custodiaba a la flor más frágil y querida.
Su murmullo afligido y pesaroso se sentía por toda la casa porque nunca era vacío y solitario, siempre peregrinaba escoltado por algún camarada. Algunas veces por la colisión histérica de botes de fármacos que aliviarían el dolor, otras por el tintineo suave de una cucharilla repicando en la taza de caldo caliente que mitigaría los escalofríos y otras por el rechinar de los platos entre sí que casi siempre retornaban intactos a su origen.
Aquella banda sonora de porcelana y cristal se quebraron junto a ella una calurosa mañana de agosto.
Quizás por eso odie comer en la cama.

Texto: Gloria Santana

23 junio, 2013

Celos

Nacer con cuarenta y tres años me aportó una inusitada madurez que hube de hacer valer nada más asomar por entre las piernas de mi madre. Yo, que ya había leído a Gil de Biedma, conocía las dimensiones de este teatro que es la vida y raudo, di las buenas tardes con timidez, afanándome por parecer educado. Mi madre me aceptó sin reservas, mas mi padre, algo celoso, insistió en ver mi cartilla de la mili antes de otorgarme el apellido. Corrían tiempos de bonanza y, apenas nos acostumbramos a sostener el trabajoso triángulo escaleno de nuestra vida en común, mi madre anunció que tendría un hermanito. Así es que —aunque pensándolo bien, nunca se sabía— comencé a hacerme a la desagradable idea de dejar de ser el pequeñín de la familia.

Texto: Mikel Aboitiz

04 junio, 2013

09 mayo, 2013

En la soledad de las velas

Perdona que sin haberte conocido me robaras el alma, no tuviste culpa, pero yo lo deseaba. Fuiste Tú silencio, y mi alma, ronca al sentir tu alborada, dejará de latir, como si tu aliento se me escapara.

Hiciste el menor de los casos a mis noches sin luna, a mis desplantes rocosos de frugales chanzas, cuando tus ojos deslumbraban al cronos y se fijaban en los míos, aunque solo fuera un instante. Recuerdo el agarrado baile que nos marcamos aquella noche, tan lejana ya en la memoria, tan perdida en el tiempo. Después, el vacío de un tiempo sin saber nada y, por fin otra vez, otro baile. Recuerdo tu saliva golpeando mi garganta, cuando en silencio te robé ese par de besos. Fue la última vez que nos vimos, y la primera que te dediqué unos versos aunque no fueran míos.

“Que el viento te lleve hacia tus sueños, tus sueños cúmplelos.
Que el viento te lleve y que en las nubes, la tristeza tropiece al pasar”.

En la soledad de las velas, cuando cojo pluma y papel para desglosar tabúes, surgen los pensamientos tristes que me llevan siempre hacia donde tu aura es guía. Esos sentimientos hacen que vuelva a dedicar mi delicada tristeza a plasmar recuerdos de dulce amargura que me devuelven tu mirada de miel pura, y esos labios tuyos de boca de fresa tan dulces y delicados que, por un instante, sí fueron míos.
Vuelvo a hilar frases y versos dentro de mi cabeza, mas, aunque lo intente evitar, todos llevan a ti.


Texto: Gustavo García Pradillo
Narración: La Voz Silenciosa

18 abril, 2013

Entonces Él


Entonces él se fue a dormir un rato mientras ella preparaba la cena. Había tenido un día agitado y le dolía la barriga. Y cuando ella fue a despertarlo se lo encontró muerto, de un plácido infarto durante el sueño, según supo más tarde. Lo lloró. Lloró a aquel hombre con el que había vivido los últimos dos años. Lloró a aquel hombre que acababa de cumplir los cuarenta, aquel hombre que siempre bromeaba con la muerte y ahora estaba muerto de verdad.
–Mírala, es la muerte –reía melodramático ante una simple diarrea.
Algunos familiares y amigos lo lloraron también. Nadie se esperaba aquella muerte, digamos, sin previo aviso. Y era un hombre que se hacía querer, a pesar de su mal carácter.
Fluyeron las lágrimas y los tópicos, y luego ella quedó sola, como un tópico andante camino del olvido.


Texto: Rafael Blanco Vázquez

Narración: La Voz Silenciosa

10 abril, 2013

El sueño

Sudor y lágrimas. El Dios mortal de las almas pasajeras se encontró en Ítaca con la pequeña princesa. Él, príncipe valiente de corazón, despertó junto a un olivo. En la orilla, una barca. Con dos remos. En el cielo, ni una sola nube. En su corazón, latidos imparables.
Despertó sudando y con las sábanas mojadas. La princesa nunca más volvió por Ítaca. El Dios aún hoy busca su diosa. El príncipe se viste de azul cada mañana para ir a trabajar.



Texto: Gustavo García Pradillo
Narración: La Voz Silenciosa

21 marzo, 2013

Las necesidades aprietan


No sé —murmura Manuela compungida y acomplejada, cayendo toda su aureola de mujer fatal, acrecentada por un escote más grande que una bahía y unos tacones que gritaban ¡peligro!. El hombre bajó su mirada para observarla, se subió los pantalones, la tomó de la mano para levantarla y le entregó los cien euros pactados. Ambos entendieron que se habían equivocado en la forma de intentar cubrir sus necesidades.

Texto: Francisco Concepción

02 marzo, 2013

La última lágrima


Una furtiva lágrima
Aut: Nicoletta
No puedo perdonarme el día en que su última lágrima se escurrió entre mis dedos sin poderla atrapar. Asomó por la esquina de su ojo izquierdo, el juguetón y vivaz, el que tiempo atrás repasaba mis imperfecciones, divertido, sin apenas inmutarse. Ahora se vació y luce marchito, apenas una hoja trémula agitada por el viento a punto de dejar su árbol y caer al vacío y cerrarse del todo, como lo hicieron sus labios después de decirme adiós. Esa última lágrima estaba tan cerca. Quizás un leve toque de entusiasmo la habría retenido en su cuna y hubiera salvado a su ojo de secarse para volver a lucir el brillo húmedo que siempre tuvo, el de una fuente chapoteósica y risonante.
Hoy su mirada es gris y asonrisada. Traspasa mi cuerpo más allá del rellano, y me siento el espectro de una tumba sin nombre. Su ojo busca un camino perdido o un infierno por recorrer y mi voz susurrada para no asustarla es un sordo aliento infecundo. La mesa de nuestros encuentros, antes barrera estrecha incapaz de poner freno a nuestros abrazos, se ha convertido en una extensa sabana inabarcable. Imposible que pueda escuchar mi voz por encima de los platos.
No puedo perdonarme el día en que su última lágrima se escurrió entre mis dedos sin poderla atrapar. Sólo me queda esperar agazapado, susurrando en sus sueños, invocando a la lluvia para que inunde sus ojos y me vuelva a mirar.

Texto: Miguel A. Brito
Narración: La Voz Silenciosa

08 febrero, 2013

Numen


Entonces las estrellas comenzaron a detonar de una a la vez.

Fue un espectáculo magnífico. Una demostración de poder infinito.

Los adultos alzaban a los pequeños y señalaban hacia el cielo. Las calles se abarrotaron de gente que observaba aquel espectáculo de luz y sonido.

De pronto se hizo la oscuridad. El firmamento quedó vacío. Parecía una enorme garganta a punto de tragarse hasta el último aliento.

Se alarmaron. La razón sometió a la frivolidad.

Además no existía justificación para el reproche. En el plebiscito habían votado a favor de un proyecto que utilizaba la ciencia no sólo como un modo de evolución sino también como una experiencia recreativa.

“Una extraordinaria demostración de civismo” concluyó el periódico local.

Un solitario juglar se despabiló sobresaltado. Las corridas callejeras lo despertaron del frágil letargo. Somnoliento y confundido se frotó los ojos y miró a través de la ventana del bar. Las tinieblas le indicaron que otra fuente de inspiración había expirado.

Afortunadamente aún le quedaba la luna.

Texto: Bee Borjas.

Narración: la Voz Silenciosa

07 febrero, 2013

Pesadilla de Navidad

Me he levantado sudado tras unas Navidades infernales, he vivido en unos grandes almacenes en una escalera automática en la que sólo podía subir y subir, no había para bajar, en el ascensor no había teclas de los pisos inferiores y conforme subías iban despareciendo las del anterior, en las escaleras de incendio al presionar para colocarla se desplegaba hacía arriba, los rellanos estaban tapiados para descender y todo el mundo ascendía, ascendía con sonrisas sin expresión y al pasar por delante de un espejo la mía era la misma. Doscientos pisos más arriba que el último que perdí la cuenta la enésima vez, mis zapatos estaban desgastados hasta la altura de la rotula, he parado en mi intento de buscar la salida, he tomado un respiro y me he sentado, tranquilamente, respiración de fuego, contraigo el perineo, me relajo, visiono la situación, sacudo mi karma de los espíritus que me abrazaban y voy entreviendo las puertas de salida tras los pórticos

21 enero, 2013

Felicidad



Corriendo sudando, sin chándal y mucho menos zapatillas de marcas, sin smart textil apretando mis grasas acumuladas con horas de esfuerzo o las pocas costillas que aparecen bajo ellas, pregunto jadeando, perdiendo partículas viscosas claramente visibles de baba entre las comisuras de mis amoratados labios, ¿dónde puedo encontrar el estado de la felicidad?

Pregunté por activa y por pasiva, incluso en los más bajos fondos, malgastando mi casi irreconocible para entonces integridad más por pasiva que por delante. Pregunté en ellos traspasando mis líquidos con las preguntas, pregunté allí por ser los lugares más complejamente familiares para un huérfano. Nunca recibí respuestas coherentes e inteligibles aunque difícil de comprender donde coexiste la sonrisa y miradas confidentes como reclamo.

Atravesé los consejos de gurís y libros despiadados que mendigan los euros para